El ruido
mata
JAVIER PÉREZ. Dejémonos de historias: el ruido es una forma de agresión, un
atentado constante contra la salud de los ciudadanos, contra su dignidad y
contra su paciencia. A la larga, o incluso a la corta, lo que parece una
cominería, un problema sin importancia, degenera en irritabilidad, en falta de
concentración y en una importante degradación física y mental que acorta la
vida.
Así, sin paños calientes: el ruido es en muchos casos responsable de
las peleas familiares, de que la gente no se aguante, de que salte a la mínima.
Es responsable de que en el trabajo no se dé pie con bola, de que en los
estudios el chaval no sea capaz de comprender ese teorema o ese análisis de una
oración que no parecen tan difíciles, de que el conductor se distraiga por falta
de sueño o por escasez de concentración. El ruido, con su ruptura de los ritmos
circadianos, con su constante presión sobre el sistema nervioso, es causante de
toda clase de enfermedades nerviosas y cardiovasculares que al final, achacadas
a otra cosa, acaban llevando a la sepultura antes de tiempo a muchos millones de
personas.
Parezco tremendista, ¿eh? Pues no, oigan. Nada de eso.
Antes, el
que tenía con qué, se compraba un jardín, y cuanto más tenía, más grande era el
jardín. Ahora que nuestro estilo de vida nos dificulta, o nos impide del todo,
el ansiado aislamiento, tenemos que buscar una manera de proteger nuestra salud
de este enemigo, porque estoy persuadido, y conmigo muchos especialistas, de que
el ruido es más dañino que el tabaco.
Lo que pasa es que el ruido es el
producto de la civilización y no se persigue del mismo modo, igual que nadie
habla de los cien millones de porquerías que salen de un tubo de escape aunque
se sepa de memoria los impronunciables nombres de todo, los venenos originados
en la combustión del tabaco.
De los tubos de escape mejor no hablar, igual
que del ruido, porque suponemos, tenemos que suponer, estamos obligados a
tragamos que el ruido es necesario. Y lo cierto es que el ruido se puede
reducir, como se pueden reducir los humos con catalizadores y motores menos
contaminantes. Del gasógeno de antaño a los motores actuales hay un abismo, ¿no?
Porque se quiso. Porque se insistió. Porque se invirtió en ello. Sin embargo, el
ruido no hace más que empeorar, y todo porque los que lo hacen se sienten más
machotes y los que lo soportan se resignan a menudo, dándolo por bueno.
Lo
cierto es que lo único inevitable, de momento, es la mala educación, la
chabacanería, el menosprecio a la salud de los demás de los que lo imponen. Y si
es de noche, con el tácito visto bueno de las autoridades, y para que cuatro se
forren vendiendo copas a costa de la salud y la tranquilidad del resto, más que
insultante es simplemente canallesco.
En fin, que ya lo decía Montaigne:
«Cuando me encuentro a un hombre a quien no le estorba el barullo estoy seguro
de hallarme ante un imbécil».
Lo malo es que, tal y como está el patio, o nos
hacemos imbéciles o reventamos.
O a lo mejor es que cuando hay silencio
tenemos ocasión de pensar y eso para algunos es muy duro.
Según quién sea
uno, eso debe de doler una burrada.
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