TRIBUNA: NAZARIO
El descanso y La Paloma
El dibujante de cómic Nazario rememora con nostalgia las fiestas de carnaval
de La Paloma, pero subraya que el local no se ha adaptado a la necesaria reforma
acústica.
NAZARIO 09/01/2007
La calle del Tigre se convertía de pronto, a las once en punto de la noche,
en un récord Guinness de las calles con más lentejuelas, plumas, tules y
mariconeo del mundo. Esperábamos que abrieran las puertas del Gran Baile de
Carnaval de La Paloma, organizado todos los años por el Front d’Alliberament Gai
de Catalunya (FAGC). Como un preámbulo de los verdaderos carnavales constituían
una especie de ensayo general de las fiestas de Sitges o Vilanova, pero al lado
de casa.
Los ampulosos vestidos de Sissi, María Antonieta o Escarlata O’Hara
rivalizaban en amplitud de miriñaques, cancanes, pamelas y bisuteria. Horas y
horas de solitaria y afanosa labor de aguja y fantasía. «¿Nena, tú qué te
piensas poner este año para La Paloma?». Y el modelo era mantenido en el más
estricto secreto no ya sólo por el factor sorpresa, sino para evitar que te
chuparan las ideas rumiadas durante todo el año.
Luego, entrar a trompicones evitando pisotearse colas, volantes, frufrús y
tutús, a poder ser acompañadas, mejor enjoyadas, por un buen chulazo para dar
doble envidia a las amigas. Una vez dentro todo consistía en una vorágine, en un
no parar de desfilar, dar vueltas, mostrarse, pasarelear, mirarse de reojo,
cuando no por encima del hombro, lanzarse flores a la cara y dardos envenenados
por la espalda. Escalinatas para arriba, escalinatas para abajo, carreras por
los pasillos, visitas por los palcos y sobre todo aquelarres auténticos en los
urinarios, que se convertían en una jungla de chillidos, cacerías y
tropelías.
Al ritmo de un bolero a lo Lorenzo Sepúlveda o un rock a lo Adriano
Celentano, la pista de baile constituía un magnífico espectáculo visto desde los
palcos.En aquella pista ocurrió un año la célebre escena genial, vodevilesca,
casi genetiana del encuentro de una señora disfrazada elegantemente con otra
señora pintada como una mona, boquita de corazón le gustaba a ella, casquete de
perlas a lo Theda Bara embutida en un traje que no era ni suyo ni de su talla.
«¡Oi nen, fill meu, què guapo estàs, com et sembles a la teva
àvia!». La espesa capa de maquillaje impidió a mi amigo Pep que su madre,
que nada sabía de lo suyo, notara su rubor.
A La Paloma comenzó a ir todo el carrocerío del Dickens,las Cuevas, el
Espigón o el EA3. Eran los años setenta y todas tenían hambre de cancaneos que
hasta entonces habían sido no sólo clandestinos, sino perseguidos y condenados.
Nosotros, los modernos, tardamos un poco en apuntarnos a la cola de la calle del
Tigre, pero terminamos acudiendo puntuales año tras año disfrazados de
mamarrachos, no teníamos ni tiempo ni paciencia para entretenernos en fabricar
aquellos elaborados modelazos. Mamarrachos salidos siempre de la misma enorme
caja de cartón guardada en los desvanes, repletos de zapatos de tacones de
tallas increíbles, gorros y gorritos heredados o hallados en las basuras, medias
desgarradas, cortinas de terciopelo adaptables y sobre todo una vieja y
heterogénea caja de pinturas.
Cada año fue aumentando el número de maricones espectadores en detrimento del
número de maricones disfrazados. Sólo iban quedando las impertérritas
sissis candidatas a premio.
Yo no sé cuándo dejamos de ir. Tampoco cuándo dejaron de celebrarse estos
bailes del FAGC.Pero nosotros chillábamos, gritábamos y a veces hasta aullábamos
como las primeras, aunque dentro de un orden.
También dentro de un orden de decibelios, en consonancia con la vetustez de
la sala, sonaban la Orquesta Plateria, la orquesta del Maestro Bellido o las
orquestas que acompañaban a las monstruosas Paquitas del Barrio de turno. Ya
hacía años que yo no iba por la sala hasta que la otra noche fuimos a homenajear
a nuestra amiga Ana Briongos en su aniversario. Todo transcurría con normalidad
a pesar de la inquietud que me iba produciendo el continuo almacenamiento de
altavoces gigantes en el escenario.Más o menos a medianoche coincidieron la
enorme tarta y el espeluznante y atronador bramido de la música a toda pastilla,
que estuvo a punto de hacer caer la enorme lámpara del techo. Apresuradamente
cogí del brazo a mi amigo Mariscal, con el que había acudido, y le dije que no
aguantaba ni un minuto aquello que yo consideraba agresión. Nos marchamos. La
puerta y los alrededores estaban a tope de chavalerío esperando para entrar.
Evidentemente, aquí hay un cambio de generación, de gustos y de decibelios.
¡Pero el local sigue siendo el mismo!
Aquí hay un dueño que sigue disfrutando de los suculentos beneficios que
proporciona la sala de baile sin haber gastado un duro en reformar acústicamente
dicho local para evitar que los vecinos, que antes no tenían quejas porque los
decibelios eran soportables, no puedan ahora dormir porque el volumen ha
traspasado los límites soportables. ¡Una descarada falta de respeto hacia el
vecindario se llama eso!
Cinco años denunciando este malestar son muchos años, sobre todo para que lo
permita un ayuntamiento. Esperemos que La Paloma no corra la misma suerte que El
Molino, el Arnau,el Cibeles y la Bodega Bohemia. Los vecinos de la calle del
Tigre tienen derecho al descanso y los barceloneses tenemos derecho a La
Paloma.
Nazario es dibujante.
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