La guitarra del vecino

 

Sábado, 26/4/2008, 19:27 h

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CARMELO ENCINAS

La guitarra del vecino

CARMELO ENCINAS 26/04/2008

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Por los gemidos de su chica sé que la despacha en un pispás. Además de
conocer la fugacidad de sus ejercicios amatorios sé también, sin quererlo, que
no llega a enloquecerla. Lo sé por los tenues maullidos que emite en el punto
cenital de la jugada. Supongo que les va bien, porque no oigo quejas ni broncas
y todos los sábados repiten. Al tipo apenas le pongo la cara y, sin embargo,
está en mi vida con ese alto grado de intimidad que acabo de describir. El muro
que compartimos lo propicia.

      La noticia en otros webs

      Lejos de lo que pueda parecer, la contaminación acústica no es un problema
      menor

      La fortaleza de esa vieja pared es inversamente proporcional a sus
      condiciones de aislamiento y me entero hasta cuando mean. Y ya no me importa
      estar al corriente de sus hábitos fisiológicos, ni siquiera el que puedan estar
      al tanto de los míos. A mí en realidad lo único que me importa es la guitarra,
      su puñetera guitarra. Es una de esas eléctricas cuyos agudos se clavan en el
      tímpano como una aguja en un rulo de mortadela. Quien la manipula ha debido
      adquirir un curso por correspondencia y no pasa de la primera lección. Es ajeno
      a la compasión. Hay días que está inspirado y logra perpetrar dos o tres notas
      que recuerdan remotamente la existencia de un instrumento musical, pero el
      milagro sólo acontece muy de tarde en tarde. El resto de su práctica es una
      invitación al suicidio.

      Me pregunto si el tormento que inflige es el castigo que merezco por haber
      descuidado alguna vez el volumen de mi televisor. Lo instalé junto a la pared
      que linda con el dormitorio de otra vecina de mucho madrugar y hace tiempo me
      llamó la atención. La verdad es que somos un país de natural ruidoso y no le
      tenemos respeto alguno al decibelio. Hay ciudades en Europa donde me hubieran
      clavado una buena multa por tener la televisión alta y al de la guitarra le
      habrían mandado directamente a galeras. Caso aparte es el de los inmigrantes de
      latitudes tórridas.

      A la vista del mal ejemplo que los nativos les damos no se cortan un pelo y
      montan en las casas el bullicio que en sus países acostumbran a vivir en las
      calles. Al que le toca al lado uno de esos pisos patera donde se apiñan 20 seres
      humanos en 70 metros tiene asegurada la ojera con carácter permanente. Son
      viviendas con camas calientes en las que los grifos, duchas y cisternas trabajan
      sin descanso. Tampoco paran lavadoras, lavavajillas y otros electrodomésticos
      hasta el punto de que más que el de una casa parece el barullo de una estación.
      La convivencia sufre y el sistema carece de mecanismos útiles para ajustar el
      día a día a la norma y al sentido común.

      Aún quedan meses para que la ley del ruido obligue a los edificios a aislar
      su fachada en consonancia con la contaminación sónica del entorno y habrá que
      esperar un montón de años más para que lo notemos de forma efectiva. Porque si
      hablamos de ruido, el peor de todos es el que viene de fuera, el del tráfico. En
      Madrid es el rey de los excesos acústicos. Más del 40% de los españoles dice
      detestarlo, aunque no registre ni de lejos el número de denuncias que acumulan
      las fiestas nocturnas que con tanta ligereza monta la alegre muchachada.

      Aquí seguimos dándole a la bocina al menor punto de impaciencia, y cualquier
      macarra puede cruzar Madrid con su moto a escape libre noche y día, y pasar
      semanas antes de que un agente municipal le regañe. Tampoco los vehículos de
      emergencia son ejemplo de nada. Era Esperanza Aguirre concejal de Medio Ambiente
      cuando ya se hablaba de rebajar el tono de las sirenas. Además de seguir siendo
      martillo de los pabellones auditivos más curtidos, su uso resulta tan excesivo e
      indiscriminado que, a veces, da la impresión de que le pegan a la sirena hasta
      cuando aprieta el intestino o pilla a desmano la hora del bocadillo.

      Lejos de lo que pueda parecer, el de la contaminación acústica no es un
      problema menor y hay estudios que confirman la seriedad de los perjuicios que
      comporta. Uno reciente del Colegio de Ingenieros Técnicos de Comunicación
      constata que el estrés que genera el vivir o trabajar en un entorno ruidoso
      puede afectar el sistema inmunológico. Eso se traduce, según los científicos, en
      una caída de las defensas y una mayor exposición a las enfermedades.

      Los excesos acústicos afectan al sistema nervioso central y pueden provocan
      ansiedad, insomnio y problemas cardiovasculares o digestivos. Lindezas todas
      ellas que acontecen sin que las administraciones muestren intención alguna de
      enfrentarse al decibelio ni dispongan siquiera de instrumentos legales eficaces
      para bajar este volumen patológico. Nadie nos protege de la matraca. Me siento
      solo ante la guitarra del vecino.

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