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Domingo, 28 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
RELACIONES HUMANAS

CONTAMINACIÓN ACÚSTICA
Convivir con los ruidos
En una sociedad tan bulliciosa como la nuestra, parece necesario establecer límites al nivel sonoro usando como medida el criterio más sensato: el respeto a los demás
Convivir con los ruidos
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Frente a otros agentes contaminantes, el ruido tiene la ventaja de ser el más barato de producir y además necesita muy poca energía para emitirse. Por otra parte, sólo es percibido por uno de los sentidos, cosa que no sucede con los gases que despiden olor, pueden ser visibles e incluso a veces provocan reacciones del tacto. Se dice asimismo que es el más inofensivo, dado que en muchos casos forma parte de ese paisaje cotidiano en el que estamos integrados de mejor o peor grado y, aunque en ocasiones nos cause molestias, otras veces aceptamos como un tributo menor que se cobra la vida en sociedad.

Aunque para el diccionario el ruido es «todo sonido inarticulado, por lo general desagradable», la definición no puede darse por válida porque no tiene en cuenta, por ejemplo, que una discusión a gritos entre dos personas -que emiten sonidos articulados- es molesta para otras y por tanto éstas la perciben como «ruidosa». La condición del ruido es subjetiva. Lo que unos consideran música celestial, otros lo perciben como una murga insoportable. Incluso muchos de los sonidos naturales que solemos asociar con la armonía y el sosiego, desde las olas del mar hasta el canto de los pájaros, en determinados momentos pueden llegar a antojársenos desquiciantes.

A eso se debe la dificultad para resolver muchos de los litigios causados por los ruidos en la vida social. Tendemos a ser tan intolerantes con los ruidos ajenos como comprensivos con los emitidos por nosotros. El televisor del vecino es una orquesta horrísona donde tocan todos los diablos, pero el nuestro, incluso puesto al máximo volumen, sólo emite música celestial. Si hacemos sonar el claxon del coche para saludar a un amigo que cruza la calle, somos unos tipos sociables; en cambio las bocinas de los otros convierten la ciudad en un infierno inhabitable.

Según algunos neurólogos, el 70% de los estímulos que recibe el cerebro humano son sonidos. Ese dato bastaría para dar a la contaminación sonora más importancia que la que habitualmente se le concede al analizar sus efectos psicológicos en los individuos. Los estudios de Psicología Ambiental, área del conocimiento relativamente nueva, empiezan a otorgar al factor ruido un papel determinante en el desarrollo de ciertos trastornos de ansiedad, de estrés y depresivos.

La Organización Mundial de la Salud ha establecido como límite de normalidad sonora el de 65 decibelios, a partir de los cuales puede hablarse de efectos sonoros nocivos. Se calcula que en España la población expuesta a niveles superiores a los 65 decibelios es de 9 millones de personas, esto es, casi la cuarta parte de los habitantes del país. Entre los países avanzados, sólo Japón se coloca por delante.

El umbral del respeto

Pero hay algo que ni los indicadores oficiales ni las leyes podrán medir, ni mucho menos corregir, porque pertenece a la esfera del estilo de convivencia, del respeto a los otros y, si se quiere, de la cultura propia de cada sociedad. Y, en este sentido, parece claro que nuestros referentes culturales no valoran demasiado la educación en el silencio. La tolerancia o intolerancia al ruido no sólo se mide objetivamente en decibelios, sino que precisa de acuerdos y pactos a todas las escalas. Al igual que deben fijarse unos horarios de cierre de bares nocturnos para permitir el sueño de los vecinos, habría que establecer límites a nuestros electrodomésticos, nuestros portazos y nuestras voces usando como medida el único umbral posible en estos casos: el del respeto.

Pero, ¿el ideal se encuentra en el silencio? Aunque sea cierto que los ruidos causados por las fábricas, los motores de vehículos y las multitudes bulliciosas ocasionan probados daños, conviene recordar que también hay ruidos necesarios. Unos nos advierten de peligros que se aproximan; otros contienen signos de uso práctico en la vida ordinaria; y otros, quizá más importantes, cumplen una función comunicadora entre individuos y grupos. Son los que la Sociología Ambiental ha denominado «ruidos protocolarios», que actúan casi como normas de relación. Pensemos en la cultura juvenil, que tantas veces se define a sí misma mediante signos que los no jóvenes tienden a considerar ruidosos: desde los conciertos de rock en espacios al descubierto hasta el rugido de las motocicletas.

Cada cultura acepta un nivel sonoro y un modo de sonido, pero disiente de los establecidos por otros. El conflicto no nace de la existencia de ruidos en sí mismos, sino de la invasión de unos sonidos fuera del espacio que les es propio. El aficionado al ferrocarril oirá con deleite el traqueteo metálico de las ruedas avanzando por los raíles, pero ese mismo sonido provocará el sobresalto del paseante inadvertido que camina cerca de la vía buscando la bucólica paz de los campos.

Una comunidad silenciosa se parece demasiado un cementerio donde reina la calma definitiva. Necesitamos una cierta dosis de ruido para sentirnos vivos, presentes y vinculados a otros. Pero al mismo tiempo queremos que esos ruidos se acomoden a nuestros gustos y a nuestras medidas, que rara vez coinciden con las de los otros. Bien, no hay una pauta preestablecida a la que atenerse. Acaso la búsqueda de ese difícil y variable equilibrio sea lo que hemos dado en llamar urbanidad.
 



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