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| Guía básica para entender de acústica | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| EN LA CRESTA DE LA ONDA | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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¿Qué es el sonido? ¿Cómo se
mide su intensidad? ¿Por qué los tonos agudos y los graves nos producen
sensaciones distintas? La fascinante ciencia de la acústica nos lo
explica. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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Estemos donde estemos, incluso en los lugares que nos
parecen más silenciosos, podremos percibir un remoto sonido, aunque sólo
sea el de nuestra propia respiración. Al menos, si nos encontramos en un
ambiente lleno de aire u otro gas, en el interior de un líquido o pegados
a un objeto sólido. Y es que el sonido, como toda onda mecánica que se
precie, necesita de un medio adecuado para ser transmitido. En eso se
distingue de otras familias de ondas como las electromagnéticas –la luz es
una de ellas– que pueden viajar por el vacío. El sonido no. Así que la
próxima vez que vea una película de ciencia-ficción en la que los rayos
láser lanzados de una nave a otra producen un estruendo espantoso no se lo
crea. El sonido es una onda mecánica y se comporta como tal, comprimiendo y estirando el medio por el que viaja. La percepción de un ruido en la calle no es otra cosa que la recepción de rapidísimos cambios de la presión del aire por encima y por debajo de su valor estático. Nuestra peculiar onda sonora presenta otra característica diferenciadora. Cuando se mueve, las partículas del medio se juntan y se separan en paralelo a la propagación de la onda como si se tratara de un muelle que se tensa y destensa muy deprisa. Por eso se llama “onda longitudinal”. Se diferencia de las “ondas transversales” como las olas del mar en que éstas producen movimientos en perpendicular a la dirección de propagación. Si hacemos la ola en un estadio de fútbol veremos que la onda generada por el público recorre las gradas conforme los indivIduos (“las partículas”) se levantan y se sientan. La onda longitudinal del sonido tiene como misión transportar energía generada por la fuente emisora a través de un medio. El medio más habitual es el aire, pero no por eso es el más adecuado. Para que el sonido se transmita es necesario que la energía que transporta choque con cuantas más moléculas mejor. Las moléculas del aire, del agua o del hierro, impactadas por la onda sonora, vibran y transmiten a su vez la vibración. Cuanto más denso sea el medio, más juntas están las moléculas que lo forman y más probabilidades de impacto hay. Por eso, un objeto sólido es mejor transmisor del sonido que uno líquido y éste, a su vez, mejora la transmisión de un gas. Así, en el aire el sonido alcanza una velocidad de 340 metros por segundo; en el agua, puede llegar a los 1.438 metros por segundo, si está a dos grados de temperatura; en un sólido como el acero, la velocidad se dispara hasta los 5.200 metros por segundo. A pesar de sus peculiaridades, la onda sonora mantiene similitudes con el resto de sus hermanas. Como toda onda, el sonido es producido por la vibración de un cuerpo. Puede ser las cuerdas vocales, la tripa de un tambor, la cuerda de un violín o un campo magnético activado por un aparato de Resonancia Magnética. Precisamente esta capacidad vibradora es de gran importancia para la ciencia acústica porque los físicos definen la frecuencia de una onda como el número de veces que las partículas atravesadas por ella vibran. Una vibración equivale a un ciclo completo de ida y vuelta de la partícula. Si las partículas realizan este viaje completo 1.000 veces, se dice que la onda tiene una frecuencia de 1.000 hertzios (Hz). Tal y como hemos señalado, la onda de sonido produce minúsculas oscilaciones en la presión del aire. Los aparatos que miden la frecuencia acústica lo que hacen es, precisamente, calibrar esas diferencias de presión. El oído humano es un medidor perfecto de presiones. Puede detectar pequeñísimas fluctuaciones en la presión del aire que le llega. Si esas oscilaciones están en el rango entre 20 y 20.000 hertzios, las convierte en sonido traducible. Si están por debajo de los 20 hertzios, se trata de un infrasonido indetectable. Por encima de los 20.000 hertzios hablamos de ultrasonidos y tampoco los podemos percibir. Otros animales presentan rangos distintos de audición. El perro oye entre los 50 y los 45.000 Hz; el gato, entre 50 y 85.000; los murciélagos pueden llegar a 120.000 y los delfines hasta 200.000. El elefante es uno de los pocos animales que puede detectar infrasonidos de hasta 5 hertzios. La sensación subjetiva que produce una determinada frecuencia en nuestro oído es conocida como tono. Cuanto más alta es la frecuencia, más agudo es el tono. Algunas personas, sobre todo si están capacitadas para la música, pueden distinguir tonos producidos por frecuencias que sólo se separan entre sí 2 hertzios. Las diferencias de frecuencia son muy útiles para la música. Algunos tonos distintos, si se emiten simultáneamente, producen sensaciones más placenteras que otros. Por ejemplo, cuando un sonido duplica la frecuencia de otro, forman una octava y su sensación musical es muy agradable. Pero el tono, es decir la frecuencia de las ondas, no es la única propiedad del sonido que nuestro oído puede detectar. También somos capaces de diferenciar distintas amplitudes de la onda que dependen de la cantidad de energía puesta en juego al emitir el ruido en cuestión. Si hacemos vibrar con vigor la cuerda de una guitarra, las vibraciones serán más amplias que si la tocamos con delicadeza. Como consecuencia, la energía resultante será más elevada y se producirá un sonido más intenso. La intensidad se mide en una escala de decibelios que comienza con el valor 0. Nuestro oído puede detectar un sonido de 0 decibelios, que es aquel que produce tan poca energía que sólo es capaz de desplazar una partícula de aire una milmillomésima de centímetro.
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