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  Actualización | viernes, 19 de noviembre de 2004, 09:42
carlos colón


La revolución silenciosa
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SI la sentencia del Tribunal europeo de los Derechos Humanos condenando a España por la inhibición de las autoridades públicas en la represión del ruido crea jurisprudencia y es tenida en cuenta, nuestro país, y muy especialmente nuestra ruidosísima Andalucía, están al borde de una maravillosa y necesaria revolución silenciosa. En pocos puntos de Europa –por lo menos de la Europa desarrollada– debe vulnerarse con tanta intensidad y frecuencia el artículo 8º del Convenio Europeo de Derechos Humanos relativo al respeto a la vida privada y el domicilio como en Andalucía. Ruidosos son los mayores y ruidosos los chavales, ruidosa es la movida y ruidosos los restaurantes, ruidosas son las formas tradicionales de divertirse y ruidosas las marginales, ruidosos son los proletarios y ruidosos los burgueses, ruidosos son los progresistas y ruidosos los conservadores. Tal vez sea el gusto por el ruido lo que vertebre y una a esta región, de Almería a Cádiz, por encima de cualquier otro rasgo común.

Medimos nuestra diversión por decibelios e identificamos el silencio con el aburrimiento y la tristeza. Está uno tan a gusto en su rincón, en silencio o con una grata música, en una tibia penumbra... hasta que entra alguien próximo y querido (amigo, pareja, hijo, padre: lo mismo da) y nos dice a gritos, mientras nos deja ciegos encendiendo la luz del techo: "¿Qué haces aquí amuermao, hombre?". Y eso que en este caso no cabe duda de que le guía la buena intención y entiende que ruido y luz son expresión a la vez que origen de la alegría mientras que el silencio y la penumbra lo son de la tristeza o el aburrimiento. Porque si de lo personal pasamos a lo colectivo, se pierde este matiz atenuante y bien intencionado, aunque siempre fastidioso, para degradarse en mala educación y grosería inconscientes (el estruendo de nuestros bares y restaurantes) o conscientes (el botellón, la movida, los coches con la música –o lo que sea eso que suena en ellos– a todo volumen).

Estas últimas agresiones no son achacables sólo a los jóvenes, sino a nuestra estruendosa naturaleza y escaso respeto hacia los otros y, por extensión, hacia ese ámbito de convivencia y encuentro con ellos que son los espacios públicos. Hace pocos días presencié cómo, bien entrada la madrugada, unas parejas ya no jóvenes y estupendamente trajeadas se entretenían dándose gritos mientras uno de ellos los perseguía con un contenedor de basura. Puede que la poca edad y la mucha inducción a la estupidez gregaria empeoren las cosas, pero el gusto por el ruido lo llevamos en la sangre por encima de diferencias de edad, de ideología o de clase. Ojalá que el día en que se dictó esta sentencia quede como la fecha simbólica del inicio de revolución que nos devolvió ese derecho fundamental que es el silencio.

 

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