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Domingo, 18 de septiembre de 2005
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Conciertos caninos
COMPARTO desde hace unos cuantos años vecindad con un perro, sospecho que pelín psicópata, que se pasa horas y horas y horas ladrando sin razón aparente, porque si tuviese hambre, sed o enfermedad ya se habría muerto. La verdad es que se ha convertido en un problema para mi sueño precario, para mis fobias hacia el ruido, que en Madrid es parte del infierno anticipado, y para mis deseos de evitar iras y odios. Un problema que va a más porque con los años se ve que el can origen de mis molestias se va volviendo más incordioso, más histérico, yo qué sé.

Acabo de leer la noticia de un incidente entre convecinos de otro barrio que llegaron a las manos por un conflicto muy similar al que a mí me enfrenta a unas personas a las que apenas conozco, a las que imagino buenas de sentimientos, pero a las que achaco una insensibilidad egoísta hacia los demás. Desde luego que no soy el único afectado que se queja y que propone de vez en cuando adoptar alguna medida colectiva para recuperar la tranquilidad que los ladridos nos ha secuestrado.

Entre las quejas que compartimos el perro no está sólo en el objeto de las protestas, también se incluye a sus propietarios, que lo oyen ladrar y ladrar y ladrar sin que se les vea un gesto o se les escuche una palabra que le ordene callarse. En absoluto, si no fomentan su paranoia debe de faltar muy poco. Quizás es que les gusta su canto igual que a mí me entusiasma el de Pavarotti. Parten para ello de la convicción de que los perros son unos seres maravillosos, cosa que en parte comparto, a los que no puede limitárseles el derecho a hacer lo que les dé la gana, desde emporcar la acera hasta amargarle la existencia a toda una colectividad vecinal.

Un día abordé educadamente, como no podría ser menos, a la dueña. Me pareció una señora encantadora. Pero sólo hasta el preciso momento en que intenté hacerle una observación sobre el plasta de su perro. Inmediatamente reaccionó a la defensiva, su sonrisa se transformó en un gesto amenazador y lo más suave que me argumentó es que si a mí no me gustaban sus ladridos, a ella, efectivamente, la encantaban. Concluí, sí, que para ella los recitales caninos con su perro como solista eran lo mismo que para mí son los conciertos sinfónicos.

Ante semejante reacción, ¿qué cabe hacer?, pregunto. Una solución sería cambiar de casa, lo sé; pero eso no es especialmente fácil ni creo que pueda ser considerado justo. Alguna vez conté hasta diez para evitar levantar el teléfono, llamar a la Policía y denunciar la situación. Algún afectado lo hizo ya y lo único que consiguió, según su propia apreciación de los resultados, fue perder el tiempo, que su hija pequeña escuchase algún improperio de la irritada dueña y ganarse fama de enemigo de los animales, cosa que asegura no ser.

El ruido, da lo mismo que sean los ladridos de un perro maleducado que una moto a todo gas haciendo piruetas por la calle, es una agresión que los españoles intercambiamos con la mayor desconsideración e impunidad. Hay leyes para combatirlo, pero son pocos los que se preocupan de cumplirlas y nadie, al menos que yo conozca, que se ocupe de hacerlas cumplir. España es uno de los países más ruidosos del mundo. Nuestro respeto social no valora el daño que causa el ruido a nuestro relax y a nuestra salud. Concluyo esta columna con ladridos de fondo.

Lo siento. Pasan los meses y los años y no consigo acostumbrarme. Miedo me da que este perro maldito, que ladra a todo pulmón desde la valla del jardín de enfrente, me lleve a detestar a toda la especie canina, lo cual sería injusto. No todos los perros son así y, desde luego, no todos sufren la desgracia de tener unos dueños tan desaprensivos, masoquistas e insolidarios como estos que con tanta frecuencia y tanta insistencia se empeñan en amargarme la vida.


 

Vocento