Diario de Ibiza. Edición Digital LUNES 06
DICIEMBRE 2004

Edición digital n. 2190
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Atentados acústicos

Miguel Ángel GONZÁLEZ



El tribunal europeo de Estrasburgo ha emitido una sentencia de la que en Ibiza podríamos tomar buena nota. Una ciudadana valenciana, segura de sus derechos y ajena al desa-liento, denunció en su día el escándalo que cerca de su casa montaba cada noche una conocida discoteca. Después de agotar con resultados negativos las vías judiciales ordinarias, recurrió sin cortarse un pelo al Tribunal de Estrasburgo que ahora le ha dado la razón. La sentencia ha condenado a los propietarios de la discoteca a pagar a la demandante una indemnización sustanciosa y a que reduzca sensiblemente su escape de decibelios.
La noticia viene a cuento porque uno, que vive a caballo entre Ibiza y Barcelona, no deja de sorprenderse de que nuestra pequeña ciudad, Vila, sea en ocasiones más ruidosa que una gran ciudad con tres millones de habitantes. Y no sólo en verano, cuando la algarabía sonora resulta insoportable, sino también en invierno, cosa que no es difícil de comprobar a determinadas horas y en determinadas calles.
A la que el ciudadano se descuida, se monta un cisco como el que tuvimos con tambores y flautas en la plaza del Parque, en pleno centro urbano. Pero sin acudir a esporádicos eventos callejeros, uno no consigue entender que no se meta en vereda al cafre de turno que frente al personal se pavonea con el petardeo de su moto, en la que, con premeditación y alevosía, impunemente, ha trucado el tubo de escape para armar la marimorena. Tampoco es de recibo que circule sin trabas el mastuerzo que ruge encapsulado en su coche con las ventanillas bajadas y los altavoces a todo trapo. Un estrépito que, por razones obvias, se multiplica peligrosamente en verano, cuando los decibelios se disparan y a la babel motorizada se suman las terrazas de los bares -que no faltan-, cada cual con su matraca. Por no mentar las serenatas de las discotecas que en los últimos años han despejado su entorno por el expeditivo procedimiento de la jarana y que ha provocado que muchos vecinos hayan preferido ahuecar el ala en busca de zonas con menos solfas.
La conclusión a la que llego es que si quien puede poner sordina al cotarro sodea y no frena la zarabanda, siempre nos queda Estrasburgo.


   

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